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Introducción
El
Movimiento Laico y Progresista (MLP) surge de una amplia tradición
histórica en Cataluña y por del mundo que se expresa en la lucha por
la libertad y el Estado de bienestar. Por citar solamente los
referentes más próximos diríamos que somos herederos de la tradición
filosófica de la Ilustración, representada por el republicanismo
federal del siglo XIX y por todo el movimiento obrerista que han hecho
posible que hoy tengamos unas condiciones de vida y unas posibilidades
de realización personal y colectiva muy amplias. Han existido
multitud de personas que simbolizan esta lucha y este compromiso con
las ideas laicas y progresistas: Pi y Margall, Federica Montseny,
Ferrer y Guardia, Valentí Almirall, Salvador Seguí, Francesc Layret
y Lluís Companys.
Esplais
Catalans, la Escuela Libre El Sol, la cooperativa Entorn, la Fundación
Tierra, la Associació de Casals de Joves de Catalunya y la Fundación
Ferrer Guardia forman lo que llamamos el movimiento laico y
progresista. Cada entidad dispone de sus mecanismos de toma de
decisiones, y el nexo de unión se encuentra en los valores del
humanismo y la libertad. En un sentido amplio, el movimiento laico y
progresista abarca todas aquellas personas que ejercen la ciudadanía
activa desde el libre pensamiento.
Fomentar
la ciudadanía no puede ser simplemente fruto del voluntarismo; la
ciudadanía se ejerce cuando existe un sistema democrático avanzado
que permite la participación, es decir, el control de los mecanismos
de toma de decisión. La democratización de la vida pública ha de
ser el objetivo número uno de las políticas futuras si queremos que
los ciudadanos se sientan vinculados. El descrédito entre los jóvenes
por la política práctica e institucional (un fenómeno de alcance
mucho más general) ha de tener respuestas concretes.
Nosotros
apostamos pues por la solidaridad, el compromiso, la austeridad, la
amistad, la cooperación, la integración, la justicia y la laicidad,
elementos que configuran todos ellos la posibilidad de ejercer la
libertad como vía para llegar a las más altas cotas posibles de
felicidad personal y pública. Educamos y formamos desde lo que
hacemos y desde lo que somos. Por lo tanto, si queremos proponer una
escala de valores alternativa es necesario que nosotros mismos seamos
alternativos a este estado de cosas que queremos mejorar o cambiar.
Nuestro ideario, que concretamos en estas páginas, se resume en los
valores de laicidad y progreso que surgen de las ideas liberales y
socialmente avanzadas. La versión que tenéis en las manos ha
incorporado las reflexiones y el debate de cinco años de actividades
intensas. El ideario del movimiento laico y progresista ha de ser
forzosamente abierto y plural. El debate no se puede acabar nunca. Al
mismo tiempo, tiene que ser un instrumento para la formación y, por
esta razón, tiene que ser también una herramienta que pueda ser
criticada, ampliada y enmendada. Os animamos a ejercer el libre
pensamiento, aportando vuestras vivencias y vuestras experiencias.
La
sociedad de hoy
Hemos
vivido una etapa en la que los sectores conservadores han promovido la
idea de que hemos llegado al fin de la historia. Es decir, que la
lucha de la humanidad por el progreso ha llegado a su fin. Sólo
bastaría, por lo tanto, conservar lo que tenemos. Estos sectores
defienden que cualquier modelo alternativo al actual (capitalista) está
condenado al fracaso.
El
neoliberalismo, expresión de estas ideas, nos propone una sociedad
construida a partir de la suma de egoísmos. Sus soluciones pasan por
acabar con el Estado del bienestar y en la práctica cuestionan
incluso los derechos civiles y políticos, ya que los consideran de
acuerdo con un nuevo fundamentalismo llamado “libre mercado”. El
libre mercado –la mano invisible que lo equilibra todo– sustituye
cualquier otra explicación irracional del comportamiento humano.
La
desorientación de las fuerzas de progreso provoca una crisis y la
imposibilidad de contar con una escala de valores en la esfera
personal y en la esfera colectiva. Esta desorientación social,
cultural y política provoca la imposición de estilos de vida y de
criterios totalmente contrarios a los de un espíritu laico y
progresista, es decir opuestos al espíritu de libertad, democracia y
justicia. Es así como se nos propone la competitividad, valor opuesto
a la solidaridad, como eje vertebrador de las políticas
institucionales.
Así,
mientras que el mundo económico funciona en clave planetaria, las
fuerzas de progreso no se han articulado convenientemente para darles
respuesta. Para afrontar esta nueva situación es preciso que el
internacionalismo –todos formamos parte de la raza humana– vuelva
a ser un valor fundamental de nuestra cosmovisión.
El
gran avance tecnológico revoluciona todas las formas de entender la
economía y la cultura. Al mismo tiempo se ha disparado el ritmo de
las innovaciones en todos los campos de la vida. Pero estas
innovaciones no significan necesariamente una mejora de las
condiciones de vida de los ciudadanos. Es más, una gran parte de éstos
corre el riesgo de quedarse al margen, ya que no tiene la posibilidad
de acceder al bienestar. Este ritmo vertiginoso comporta a la vez
una incertidumbre por el propio futuro. Nos es difícil imaginar cómo
puede ser nuestro futuro y qué hemos de hacer para que sea mejor.
Estas
ideologías individualistas y conservadoras ponen en peligro la
pervivencia del planeta tierra. No hay fronteras a la radioactividad o
a la lluvia ácida. Hacen falta soluciones globales para los problemas
concretos. O dicho de otra manera, hacen falta soluciones concretas en
el marco de los problemas globales.
Nuestro
país, hoy, no es una realidad homogénea, sino que es una comunidad
que sufre enormes contradicciones. Algunas comarcas de montaña sufren
de despoblación y envejecimiento, mientras que, en otras zonas, un
crecimiento demográfico espectacular, y sin ningún tipo de
planificación, ha maltrecho una parte del territorio y ha disminuido
la calidad de vida de sus habitantes. Vivimos en inmensos barrios, en
pisos pequeños con muchas carencias. Ante esta realidad es necesario
luchar para nivelar las condiciones de vida. Equilibrar el país
quiere decir armonizar la diversidad con la igualdad de oportunidades.
Un crecimiento económico descontrolado ha destruido una parte muy
importante del país: los ríos son auténticas cloacas; por otro lado
tenemos la desaparición de la masa de bosques, de la fauna y del
equilibrio ecológico en gran parte del territorio, y además se
produce una alarmante contaminación industrial en las conurbaciones.
Se ha apostado por un modelo de crecimiento económico que deshace el
país y que significa una factura para las nuevas generaciones.
Factura en forma de enfermedades y también de gastos económicos que
tendremos que soportar si no ponemos remedio. Tenemos centrales
nucleares poco seguras, concentraciones de empresas químicas
contaminantes, concentraciones industriales contaminantes en la
periferia de las ciudades, a lo largo de los ríos, térmicas,
papeleras, etc. Las zonas costeras se encuentran casi todas maltrechas
por un mal concepto de turismo, que no ha sido detenido. Aunque
algunas de estas cuestiones son una herencia de la dictadura, existen
flagrantes carencias de control democrático de la acción destructora
derivada de un determinado modelo de crecimiento.
La
vida urbana, donde se encuentran las tres cuartas partes de la población,
genera evidentes ventajas, pero también nuevos inconvenientes. La
vida urbana es el escenario donde se expresan con más dureza las
contradicciones sociales: segregación por barrios –por razón de
pertenencia socio-económica o de raza– violencia, incomunicación,
etc. Un tercio de la sociedad vive al margen de los progresos tecnológicos
y segregado de las posibilidades académicas y culturales. Al mismo
tiempo, un nuevo fenómeno migratorio, que parece imparable, cambiará
la fisonomía de nuestras ciudades si no se produce un ejercicio
cotidiano de participación, entendida ésta como integración y
cambio social. Ante un mundo que se mueve muy deprisa, es necesario
anteponer la idea de que la lucha por el cambio social, político y
cultural es una lucha por el cambio de mentalidades.
En
el ideario la Escuela Moderna –la obra de Ferrer Guardia– la
educación tenía que ser el eje vertebrador de cualquier propuesta de
cambio social. Los obstáculos para la mejora de la sociedad se
encuentran en nuestros valores y en las actitudes que derivan de
ellos. Por esta razón la tarea de la educación popular se convierte
en una herramienta imprescindible.
Aunque
los retos del movimiento laico y progresista sean enormes, hemos de
tener presente que en la esfera individual es donde podemos encontrar
la solución. Los pequeños cambios, si provienen de la razón, son
poderosos. Estos pequeños cambios se convierten en un proyecto
colectivo cuando se inscriben en el marco de un movimiento laico y
progresista.
Laicidad
1.
Origen de la laicidad
La
laicidad es un movimiento a favor de la libertad de la persona. Nacida
con la Ilustración y con el impulso de democratización y reforma de
la sociedad originado por la Revolución Francesa, la laicidad
promueve, en el plano político y social, la libertad personal de
todos y cada uno de los ciudadanos.
2.
¿Qué es la laicidad?
Hoy,
si uno se identifica como partidario de la laicidad es posible que se
le tilde negativamente de anticlerical o, peor, de antirreligioso. La
respuesta sería precisar que laicidad no es sinónimo de negación de
la religión, desde el punto de vista de la libertad de cada individuo
para creer en cualquier religión o ideología. La laicidad defiende
apasionadamente la libertad de pensamiento y de conciencia.
Las
acusaciones y denuncias de personalidades eclesiásticas durante los
últimos dos siglos, identificando laicidad con supresión de la
libertad religiosa, no se sostienen si se considera que el movimiento
laico ha defendido siempre el reconocimiento de la libertad de culto y
de la libertad de elección en leyes que regulen situaciones de
conciencia.
En
todos aquellos momentos históricos en los que las instituciones
eclesiásticas han intentado imponer socialmente su concepción del
mundo han existido voces de protesta que han defendido el libre albedrío
de la persona. La creencia en el dogma o la autoridad, o el hecho de
postular la existencia de una verdad absoluta por revelada, son
irreconciliables con los valores que se identifican con la idea de
libertad individual.
3.
La laicidad es un método
La
laicidad, en la medida que quiere indicar vías para pensar y opinar
de un modo más libre, es una actitud. En el mundo contemporáneo, la
laicidad continua ayudando a vertebrar una cultura antiautoritaria y
de solidaridad. Replantea constantemente alternativas para contribuir
a la libertad y a la capacidad de decisión y elección de los
individuos en cualquier sociedad. A diferencia de otras orientaciones
del pensamiento social y político, la laicidad, mediante el libre
examen, se cuestiona también sus propios puntos de vista y sus
conclusiones.
La
laicidad se mantiene gracias al debate plural, con progresos y con
retrocesos, con avances y equivocaciones. Lo que distingue la laicidad
como movimiento a favor de la libertad es creer que el progreso y la
emancipación de la persona no se derivarán automáticamente de ningún
credo, sino de la creación de un espacio público, común a todo el
mundo, en el cual desaparezcan los vínculos coactivos, la alienación
y la ignorancia, un espacio público desde donde “florezcan mil
flores” y “compitan entre sí mil escuelas”.
4.
Libre examen
El
libre examen es un sistema de indagación sobre el mundo con el fin de
solucionar problemas y hacer avanzar el conocimiento humano. El método
laico se basa en una profunda desconfianza hacia todo aquel que
pretenda imponerse a los individuos y a las sociedades en nombre de
una ideología política unitaria o de una determinada creencia
religiosa o filosófica.
El
libre examen quiere cuestionar y desenmascarar cualquier saber
establecido y cualquier doctrina o idea que quiera restringir o
prohibir la libertad de elegir, de vivir, de hacer o de pensar. La
actitud del libre examen implica la asunción de la duda y la
posibilidad del error. El libre examen intenta analizar la realidad
sin preconcepciones y utilizar el sentido crítico y la razón contra
todas las visiones dogmáticas de la realidad humana y social.
Reivindica el derecho para todo individuo de cuestionarlo todo, en
cualquier momento, incluso uno mismo y su entorno. El libre examen es,
en este contexto, un método para la libre investigación de verdades
relativas, mediante la aproximación crítica a la realidad, el diálogo
y la discusión. Es un método para la afirmación de la libertad de
pensamiento, de conciencia y de opinión que hacen posible la
comprensión entre las diferentes investigaciones individuales.
5.
Conceptos básicos de la laicidad
Los
conceptos clave a través de que se articula el pensamiento laico son
el libre examen, la tolerancia, los derechos humanos, la ciudadanía,
la crítica del poder y el desarrollo social y cultural. Estos
conceptos están sometidos a diferencias de criterio y opinión, no
tienen la pretensión de encontrar ningún sentido último a la
existencia humana y, por su naturaleza, no pertenecen al universo de
lo que es científicamente demostrable. Así mismo, forman parte del
intento de encontrar un marco de convivencia y referencia aceptable
para la mayoría de seres humanos, que esté basado en la
argumentación racional y en la aceptación de la necesidad que tiene
la persona de autogobierno de su propia vida. Es innegable que el
debate y el diálogo en torno a estos conceptos han contribuido
positivamente a fundamentar la convivencia contra la imposición o la
tiranía.
6.
Antidogmatismo
El
movimiento laico no se dirige contra las convicciones individuales,
sino contra aquellas instituciones y movimientos que, allá donde
ejercen su poder, son una amenaza para el debate, la crítica libre y
la propia condición humana. Detrás de cada situación individual de
falta de libertad hay una institución o un grupo que ha querido
justificar por razones ideológicas, teológicas o paracientíficas
esta carencia. Son las instituciones y grupos que quisieran que la
sociedad se articulara a su alrededor. Bajo el barniz de cualquier razón
superior a la voluntad humana individual, se esconden intereses políticos,
sociales y económicos que sólo se pueden mantener mediante la coerción
o la manipulación. Esta actitud intolerante es lo que uno llama
dogmatismo o clericalismo, que es la apropiación exclusiva y
organizada de una parte del saber o del poder de la colectividad para
el provecho de una minoría.
Pero
no sólo existe clericalismo en el renacimiento del fundamentalismo
religioso de los últimos años, en el ascenso del Opus Dei, de las
sectas protestantes ultraconservadoras norteamericanas o del islamismo
radical. Hay clericalismo también en quien defiende la “razón de
estado” como única motivación política legítima, que sólo
entienden los que ejercen el poder.
Existe
dogmatismo en quien promueve actitudes intolerantes contra los
derechos y las libertades de quienes son diferentes o no piensen como
él. Son dogmáticas las ideologías que impulsan recetas autoritarias
para solucionar los conflictos. Y, aquellas personas o instituciones
que se erigen como salvadores de pueblos o de naciones. Finalmente,
son dogmáticos los poderes que hacen peligrar la salvaguarda de la
dignidad humana para todo del mundo.
El
dogmatismo también se puede encontrar en:
–
la tecnocracia que es el poder de la técnica en manos de unos pocos
privilegiados y que evidencia la falta de control democrático sobre
las decisiones que nos afectan. Los ciudadanos dejan en manos de
“expertos” estas decisiones, cuando se sabe que no siempre actuará
en función del interés público.
–
La concentración de las fuentes de energía (centrales nucleares) y
de las tecnologías punta, cada vez más presentes en la vida
cotidiana, son un peligro y una amenaza permanente para la libre
decisión de la persona.
–
Los medios de comunicación, cuya propiedad se sitúa cada vez más en
menos manos. El difícil acceso del ciudadano a las fuentes de
información –mientras es invadido por un alud indescifrable de
información– nos hace más vulnerables y menos libres.
7.
Relativismo
Una
de las caracterizaciones iniciales de la laicidad es su relativismo:
no existe ninguna verdad absoluta, revelada o definitiva. Este
relativismo de la laicidad no se ha de confundir con la ausencia de
cualquier concepción ética o moral de la persona. El relativismo
propio de la laicidad se limita a considerar que las verdades son
provisionales, en la medida que su validación o contrastación
depende de las condiciones o circunstancies en que son formuladas. El
relativismo se basa en el sentido común y la argumentación racional.
El
progreso del conocimiento humano depende de la crítica y la discusión
de estas verdades provisionales, de las que, a la vez, surgirán otras
superadoras de las verdades anteriores. Se puede decir, así, que el
relativismo de la laicidad es una actitud antidogmática, por no
aceptar que ningún conocimiento o verdad representa una realidad
absoluta. Es, también, una actitud optimista y racionalista, ya que
se progresa gracias a la expresión y al desarrollo del pensamiento
independiente, libre de la imposición de doctrinas, de la manipulación
y la autoridad externa.
8.
Tolerancia
La
afirmación del libre examen y el libre pensamiento en el ámbito
personal se traduce en tolerancia, es decir, en reconocimiento de la
diversidad y pluralidad de opiniones e ideas entre las personas. La
tolerancia tiene una premisa restrictiva: intolerancia contra la
intolerancia. Es necesario impedir que se establezca una contradicción
entre tolerancia y libertad. Rechazamos todo enfrentamiento que se
fundamente en pretendidas verdades de validez universal, porque haría
inviable la función específica de la pluralidad.
Existe
pues la posibilidad de que las propias convicciones puedan ser erróneas;
por lo tanto se puede llegar a un acuerdo entre verdades relativas
contrapuestas que permitan contrastarlas.
9.
Tolerancia versus neutralidad
Es
necesario subrayar que la contradicción entre tolerancia y libertad
se ha de desarrollar siempre a favor de la libertad. No se puede
confundir tolerancia con neutralidad benevolente, es decir, aceptarlo
todo. No todas las formas de pensar ni las ideologías son iguales.
Una forma de pensar o ideología que tenga entre sus premisas la
supresión de la opinión o de la acción de quienes no la comparten,
queda excluida de la tolerancia. Si no lo tuviésemos en cuenta, una
ideología podría acabar con la supresión de la tolerancia y de la
libertad de todo el mundo.
La
tolerancia y el relativismo, en el marco social, permiten la resolución
racional y no violenta de los conflictos propios de un sistema democrático.
Por lo tanto, el ejercicio de la libertad individual está subordinado
al criterio de las reglas democráticas. Este tipo de tolerancia laica
está al servicio del progreso político y social mediante la rebelión
permanente contra todas las formas de opresión y explotación de la
persona.
10.
Pluralismo
La
pluralidad y la diversidad son una garantía para conseguir un cierto
grado de cohesión social y comunitaria. La aproximación laica a la
pluralidad se basa en que:
–
los individuos y los grupos de cualquier sociedad tienen intereses y
opiniones que muchas veces están en conflicto;
–
la existencia de un orden social –que no degenere en tiranía,
individual o de grupo– depende de la capacidad de cooperación y del
establecimiento de acuerdos;
–
estos acuerdos han de ser contrastables. Es decir, se han de basar en
criterios racionales objetivables de acuerdo, por ejemplo, con el
principio del bien común o el de la máxima felicidad posible para el
mayor número posible.
11.
El derecho a la diferencia
La
diferencia, es decir, las distintas maneras de concebir los valores
sociales, las relaciones personales o comunitarias, o las alternativas
deseables, es una de las partes esenciales de la laicidad como método.
La diferencia es enriquecedora en la medida en que nos permite
acumular, comparar y seleccionar información en cualquier proceso
social de toma de decisiones. Es, también, un derecho inalienable ya
que distingue a un individuo o a un grupo de otro y es característico
de la sociedad. Ante aquellas concepciones que tienen la pretensión
de uniformizar las conductas individuales y sociales, la laicidad se
reafirma en la convicción de que la diversidad humana forma parte de
la necesaria multiplicidad de opiniones y criterios que contribuyen al
saber colectivo.
12.
Los nuevos retos de la libertad y el cambio social
Este
enfoque de la tolerancia, la pluralidad y la diferencia tiene
importantes consecuencias prácticas. El movimiento laico es contrario
a todas las formas de totalitarismo, al racismo y a la xenofobia, se
posiciona contra el sexismo, contra el militarismo y el
fundamentalismo nacional o religioso. Esta actitud no es fruto de una
determinada interpretación unilateral de la realidad o del mundo,
sino que deriva del propio método de la laicidad.
Todas
las variantes de autoridad, imposición y opresión que limiten el
espacio de libertad individual e impidan la autorrealización personal
son, en sí mismas, restricciones inaceptables a la capacidad humana
de libre examen y libre pensamiento.
13.
Racionalismo
Finalmente,
la laicidad entendida como método entronca con la corriente que en la
historia del pensamiento se ha convenido en denominar genéricamente
como racionalismo. Desde la Ilustración hasta la actualidad, el
racionalismo se ha caracterizado por su rechazo a criterios de orden
metafísico para interpretar la condición humana y la realidad
social. Ha reivindicado la razón y el debate como única vía de
conocimiento y de acción. Y, en muchos aspectos, se puede afirmar que
el movimiento laico no ha sido históricamente otra cosa que la
concreción, en el terreno de la acción política y social, del
conjunto de filosofías y teorías racionalistas.
14.
Humanismo
La
laicidad adquiere su plena fisonomía política y social mediante el
desarrollo de la libertad y de los derechos de los ciudadanos. Para al
movimiento laico, la función primordial de la política y la acción
cívica es la salvaguarda de la dignidad humana y de la
autodeterminación del individuo contra cualquier limitación o presión
injusta de las instituciones políticas, sociales o económicas. La
persona no está al servicio del estado, del derecho o de la economía,
sino que son estas instituciones las que han de estar al servicio de
la persona.
Las
instituciones son medios, no finalidades, y han de tener el único
objetivo de facilitar la realización personal en toda la plenitud de
sus capacidades naturales. El reconocimiento y la aplicación sin
excepciones de los derechos humanos es, para al movimiento laico, el
requisito mínimo para esta “salvaguarda de la dignidad humana”.
15.
Fundamento de los derechos humanos
Un
de los puntos más complejos, en este sentido, es el propio fundamento
del concepto de derechos humanos y su traducción en los derechos
concretos de las personas. En general, el movimiento laico tendió,
durante el siglo XIX, a considerar los derechos humanos como derechos
naturales y, por lo tanto, anteriores a la existencia de cualquier
forma de organización política. Esta consideración comportaba que
el Estado podía y tenia que instrumentar su reconocimiento.
Consideraba también que derivaban de un contrato expresado en la
Constitución. De se modo se acotaban y se definían los derechos
humanos como el contenido de la libertad individual en una sociedad
democrática.
16.
Los derechos humanos
Actualmente,
la discusión sobre los derechos humanos en el ámbito del pensamiento
racionalista y laico ha experimentado un notable avance. Se tiende a
derivar los derechos humanos de la idea de respeto a la acción humana
y al autogobierno individual. Según este criterio los derechos no
pueden ser considerados como principios fundamentales de nuestro
sistema moral, sino como las condiciones previas necesarias para el
juicio y la acción moral. Cualquier individuo consideraría difícil
ejercer de una manera responsable sus capacidades de deliberación,
elección y acción moral si, por ejemplo, su vida se ve amenazada,
sus opciones están limitadas o si está preocupado por necesidades
materiales. Los derechos humanos son, pues, una condición previa para
la libertad individual de elección y acción de acuerdo con las
propias convicciones, capacidad y talento. Se puede decir que los
derechos humanos se concretan en:
–
el derecho general a la vida, es decir, a no ser privado de ella;
–
el derecho a la decisión personal, es decir, a no ser forzado a
ejecutar la voluntad de otros individuos;
–
el derecho a un buen trato, es decir, a no sufrir gratuitamente;
–
el derecho a la satisfacción de las necesidades básicas, es decir, a
la satisfacción de condiciones tales como la alimentación, la
vivienda, la educación o la salud, sin las que los otros derechos se
ven amenazados;
–
y, el derecho a ser tratado con respeto por el gobierno.
Es
obvio, así, que esta definición cubre y fundamenta todos los
derechos civiles, sociales, económicos y culturales de las modernas
declaraciones de derechos, desde la Declaración de Derechos del
Hombre y del Ciudadano (1789) proclamada por la Revolución Francesa,
hasta la actual Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948)
o los Pactos sobre Derechos Civiles y Políticos y sobre Derechos Económicos,
Sociales y Culturales (1966) proclamados por las Naciones Unidas.
Progreso
17.
Libertad e igualdad
Desde
el horizonte humanista, el pensamiento laico ha tendido a preocuparse
con las condiciones sociales que hacen posible la realización de los
derechos humanos. Estos derechos son para todos y cada uno de los
individuos de una comunidad, independientemente del grupo social en el
que estén insertos. Se consigue la igualdad ante la ley y se reconoce
un catálogo de garantías fundamentales. Son las llamadas
“libertades civiles” –de movimiento, de reunión, de expresión,
de asociación–, que eran reivindicaciones centrales de la izquierda
democrática durante el siglo XIX.
El
movimiento laico ha propugnado que es necesario pasar de la libertad
entendida como ausencia de coerción –libertad de hacer– a la
libertad entendida como autoemancipación –libertad de poder hacer.
Mientras la primera implica sólo el reconocimiento institucional de
la libertad individual para realizar una acción, la segunda implica
que una vez se decide realizar tal acción, no han de existir
impedimentos ni condicionamientos sociales externos para llevarla a
cabo. Cuando la persona es libre, ha de poder ejercer la libertad.
18.
Igualdad de oportunidades
Aunque
en una sociedad se reconozca la libertad de hacer tal cosa o tal otra,
el ejercicio de la mencionada libertad sólo es posible en un contexto
de igualdad de oportunidades. El concepto de igualdad de oportunidades
designa las posibilidades de elección y las alternativas de acción
realmente existentes en la estructura social. Las dificultades de
elección, ya sean materiales o de presión social, no han de poder
coartar la libertad. En una significación más amplia, la “libertad
de poder hacer” expresa también que la libertad no se ha de
entender sólo en el sentido que no haya prohibiciones legales sino
como autorrealización personal.
19.
Derechos individuales
La
plena vigencia de los derechos humanos sólo es posible si existen las
provisiones y condiciones para materializar esta capacidad. Dicho de
otra manera, los derechos civiles forman parte de una concepción
formal de la libertad. Es decir, las instituciones reconocen estos
derechos, pero su práctica depende de la voluntad individual. Se
denomina esta concepción como formal porque las instituciones tienen
un comportamiento no activo. El ejercicio de los derechos mencionados
no debe ser ilícito ni violar los derechos de otros y son, pues,
concreciones de la “libertad de hacer”.
20.
Derechos colectivos
Los
derechos económicos, sociales y culturales implican, en cambio, una
acción positiva de las instituciones para llevarlos a cabo, ya que no
es posible únicamente con la sola voluntad individual. Además forman
parte de una concepción positiva de la libertad en el sentido en que
no sólo se refieren a la posibilidad de elección sino al valor que
cada individuo puede dar a esta posibilidad.
Se
dice que esta concepción es positiva porque las instituciones tienen
un comportamiento activo y son, pues, requisitos para la “libertad
de poder hacer”. En una sociedad como la nuestra, por ejemplo, un
trabajador pobre y sin propiedad puede ser libre de elegir si trabaja
o no, porque no está obligado por ley a hacerlo. Pero es evidente que
esta libertad no tiene casi valor, porque la elección práctica que
se le plantea está entre trabajar o tener serias dificultades para
sobrevivir.
De
acuerdo con esta distinción, el movimiento laico, además de
considerar la dimensión civil de los derechos humanos, le añade su
dimensión social, económica y cultural. Una y otra –dimensión
civil y social– se encuentran interrelacionadas de tal manera que
son lógicamente inseparables.
21.
Condición de ciudadanía
La
ciudadanía se refiere a los derechos civiles y, sobre todo, a los
derechos políticos, como los electorales o de participación, que
afectan al propio proceso de toma de decisiones de las instituciones.
A
diferencia de los derechos civiles, los derechos políticos implican
tanto una “libertad de hacer” como una “libertad de poder
hacer”. Es necesario, pues, un comportamiento activo de los
ciudadanos. No han de existir condiciones ni impedimentos que limiten
materialmente o socialmente la posibilidad de elección o participación.
Los
derechos políticos son aquellos que hacen posible que se cumplan
todos los derechos, en la medida en que aseguren la acción del poder
institucional en favor de la libertad individual. Los derechos políticos
aseguran también la libre determinación individual en los procesos
de toma de decisiones.
22.
El ciudadano como protagonista: reivindicar la política
Pero
sería una equivocación pensar que los derechos civiles y políticos,
considerados en abstracto, garanticen por síi mismos la ciudadanía.
En las últimas décadas han variado poco las desigualdades en la
distribución de la renta, en las oportunidades de educación o en la
incidencia de la movilidad social. Por lo tanto, no todos los
individuos tienen posibilidades similares de influencia en el proceso
de decisión.
El
ciudadano ha de ser un sujeto activo del proceso social que determina
y condiciona su vida cotidiana. Es esta la definición de Política que adopta el movimiento laico y progresista. Es decir, la
preocupación del ciudadano por el futuro de la comunidad.
El
movimiento laico y progresista es una opción política pero no es, en
ningún caso, una opción política partidista o de partido. Laicidad
no quiere decir apoliticismo. La laicidad está políticamente
comprometida con la defensa y promoción de la libertad de la persona
y sus derechos.
23.
La laicidad como utopía
El
movimiento laico defiende una utopía que significa luchar para
conseguir las más altas cotas de libertad y felicidad para todas y
cada una de las personas.
La
laicidad no se adhiere a ninguna tendencia política organizada para
llegar a la utopía. Se limita a enunciar una utopía racional. Más
que una filosofía política, lo que defiende es una estructura de
valores que han de permitir, precisamente, la libertad individual. Una
persona ha de poder decidir cuál es el tipo de vida que
quiere. Ha de decidir sus relaciones personales, las creencias, los
afectos o las voluntades. Y, si lo considera conveniente, cambiarlas.
El compromiso político de los laicos quiere decir: la abolición de
la pena de muerte y la tortura, la eliminación del hambre en todo del
mundo, la caída de dictaduras y regímenes autoritarios. Laicidad
significa también la multiplicación de oportunidades de acceso a la
educación, la salud y el trabajo sin distinciones de sexo, raza o
clase, o la protección de los inermes y desvalidos.
Todas
éstas y muchas otras son causas laicas. El humanismo laico quiere
suprimir todo lo que, en definitiva, sean barreras a la realización
de la persona como tal.
24.
Lucha por el cambio social
El
humanismo se plantea en términos de un proceso dinámico, y no en términos
de un mecanismo estático. No tiene nada que ver con los absolutos,
entendiendo por absolutos la verdad absoluta, la moral absoluta, la
perfección absoluta o la autoridad absoluta.
El
humanismo afirma que es posible incrementar el conocimiento y la
comprensión, mejorar la conducta y la organización social, y poder
encontrar orientaciones más deseables que las actuales respecto al
desarrollo individual y social. Así mismo, lucha por el desarrollo
del ser humano, rechaza el poder, o la mera acumulación de personas,
la eficacia, la explotación material. El movimiento laico está
comprometido en un impulso de cambio de la sociedad y de dicho
compromiso se deriva una toma de posición crítica y transformadora
sobre la sociedad establecida. La preocupación por las condiciones
que hacen posible la libertad ha generado que el humanismo laico
tienda a ser demócrata y radical en su crítica al poder y partidario
de la justicia redistributiva en su apoyo al desarrollo social y
cultural de los ciudadanos. Por lo tanto, el humanismo laico ha sido
uno de los componentes culturales históricos que han conformado la
izquierda democrática; un buen número de liberales, socialistas o
libertarios han compartido o comparten alguno o todos los valores de
la laicidad.
25.
Crítica al poder
La
crítica laica al poder y a las instituciones arranca de la idea que
es deseable avanzar hacia la más amplia e igualitaria participación
y cogestión posible de los individuos en los procesos de organización
social e institucional. Sin el control individual de los procesos de
organización social e institucional, difícilmente existe capacidad
de decisión individual autónoma.
El
“poder” se define como la capacidad de una institución o de un
grupo organizado para modificar socialmente la conducta de los
individuos sin que exista consentimiento libre. El “poder” no es sólo
cómo actúa, sino que es también “poder” potencial. En muchas
ocasiones, el poder se ejerce disimuladamente y de una manera tal que
no puede observarse directamente. El “poder” es, pues, un concepto
por sí mismo en conflicto con el concepto de libertad, tanto si se
pone el acento en la dimensión civil como en la dimensión social de
ésta.
26.
Ampliar el control democrático
Es
fácil ver que, en las sociedades modernas, las instituciones y los
grupos de presión determinan los comportamientos ajenos a través de
un uso complejo de recursos que van desde la persuasión a la
manipulación, desde la amenaza del castigo, hasta la promesa de una
recompensa. En este sentido, disponer de potentes instrumentos de
coerción para determinar la voluntad ajena no implica necesariamente
el recurso a la violencia. Muchas veces es suficiente que los
instrumentos de coerción sirvan para mantener el grado deseado de
control e influencia.
La
arbitrariedad del “poder” se da por el enorme desequilibrio
existente entre los instrumentos de coerción de las instituciones y
los recursos de los individuos para mantener la propia esfera de
libertad, por más que ésta está reconocida por una declaración
constitucional de derechos. Por lo tanto, es necesario ampliar y crear
nuevos mecanismos de control del poder, mediante el aumento de la
conciencia social y la autoorganización popular, que permitan
disminuir los mecanismos crecientes de coerción.
27.
La democracia participativa
De
este análisis sobre el poder se puede extraer la necesidad de la
democratización del poder. Allí donde exista acumulación arbitraria
de poder éste se tiene que devolver a los individuos o disminuir su
concentración mediante la ampliación de la práctica democrática.
La preocupación del humanismo laico para pasar de una democracia
formal a una democracia participativa responde a esta necesidad de
democratización del poder. Y se manifiesta en la simpatía por todas
aquellas técnicas que permitan ampliar y profundizar el control del
ciudadano sobre cualquier decisión que afecte su vida cotidiana. Por
ejemplo, el principio de subsidiariedad, la reforma del sistema
electoral y parlamentario –proporcionalidad pura, listas abiertas,
posibilidad de revocación de los electos, etc., la introducción del
referéndum vinculante por iniciativa popular y su extensión a las
instituciones locales, la reducción y, eventualmente, la desaparición
de los aparatos represivos del Estado, o la aplicación del principio
de cogestión en todos los ámbitos donde sea posible, tanto de la
sociedad civil como de las estructuras políticas.
La
única alternativa a los déficits de la democracia es más
democracia.
28.
Derechos de las minorías
Para
el humanismo laico la democracia no es solamente una forma de poder
basada en el gobierno legítimo de la mayoría, sino también y sobre
todo un sistema de protección de los derechos de las minorías.
La
alternancia pacífica en el gobierno hace necesario que las minorías
tengan la posibilidad futura de convertirse en mayoría. Por lo tanto,
es necesario que puedan influir sin obstáculos en la opinión pública.
El humanismo laico postula que los derechos de todas las minorías políticas
y sociales son inalienables si se quiere evitar la conversión de la
democracia en un sistema de poder cerrado.
29.
Discriminación positiva de las minorías
Los
derechos de las minorías se tienen que entender en la doble dimensión
de inmunidad jurídica respecto al poder del Estado, en el caso de las
minorías políticas, y de igualdad en el reconocimiento y ejercicio
de las libertades y los derechos civiles, en el caso de las minorías
sociales o de conciencia.
El
derecho a discrepar, a la diferencia, al disenso, y a ejercer esta
disensión por la vía que uno considere más adecuada –mientras no
viole alguna de las reglas necesarias para mantener la libertad de
terceros– se convierte, así, en una de las piedras de toque que
mide el nivel de libertad real y democracia efectiva de una sociedad.
Ya no se trata sólo de garantizar la alternancia sucesiva de mayorías
diferentes en el poder, sino que sean protegidos los intereses y los
derechos de todos aquellos grupos minoritarios de ciudadanos.
La
elaboración de una legislación antidiscriminatoria respecto a la
homosexualidad, la equiparación legal entre matrimonio y parejas de
hecho, la supresión de la obligatoriedad del servicio militar, la
protección de la intimidad y la privacidad frente a la injerencia del
Estado o las grandes corporaciones privadas, la flexibilización de
los derechos de ciudadanía para los inmigrantes extranjeros, o la
ayuda legal y social a las minorías étnicas o culturales, por
ejemplo, formarían parte de una agenda laica para disminuir el
divorcio entre “derechos de la mayoría” y “derechos de la minoría”
en nuestra sociedad.
30.
Desobediencia civil
En
un sistema democrático la obligación de obedecer las leyes es, en última
instancia, la garantía de no violar los derechos y las libertades de
terceros. El humanismo laico considera que la desobediencia civil es
una excepción, racionalmente fundada, del principio general de
obligación existente en las democracias formales, precisamente porque
no contradice ninguna de las reglas necesarias para mantener la
libertad de terceros. En este sentido, la desobediencia civil es una
forma particular de desobediencia que se ejerce con el objetivo
inmediato de demostrar públicamente la injusticia de una ley y con el
objetivo final de inducir al legislador a cambiarla. Mientras que la
desobediencia común es un acto que desintegra el ordenamiento jurídico
y, por lo tanto, ha de ser impedida, la desobediencia civil es un acto
que apunta a cambiar el ordenamiento y, en consecuencia, no es un acto
destructivo, sino innovador.
Se
llama “civil” justamente porque quien lo efectúa considera que no
comete un acto de transgresión de su deber de ciudadano, sino a la
inversa: para comportarse como un buen ciudadano, considera que, en
esta circunstancia particular, actúa mejor desobedeciendo que
obedeciendo. En términos comparativos, la defensa que el humanismo
laico hace de la desobediencia civil no violenta, en los sistemas de
democracia formal, es una variante más restringida de la defensa histórica
del derecho a la resistencia y a la rebelión contra cualquier sistema
no democrático. En términos prácticos, la desobediencia civil no
violenta constituye tanto un elemento necesario para dotar de un
instrumento de autoprotección a las minorías como una manera de
evitar las normas gubernamentales que limitan la libertad individual y
los derechos humanos.
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