|
Casimiro Jesús Barbado López. Córdoba, junio 2003
|
|
Manda la Religión
|
|
En
muchas ocasiones recurrimos al principio
de acción y reacción para explicar determinados comportamientos o
situaciones de la vida cotidiana. Por ejemplo, las relaciones entre padres
e hijos o la política,
donde se producen posicionamientos
progresivamente más distanciados a partir de actitudes inicialmente
enfrentadas. Incluso sucede en el deporte rey, materializándose en forma
de paradigma deportivo: el contraataque. Este mismo principio explica lo que está sucediendo en materia de enseñanza religiosa en España: Una fuerza de acción en un sentido dispara otra fuerza de reacción en sentido contrario y aleja el péndulo de una posición, supuestamente central, en la que los eclécticos creen encontrar la verdad o el camino. No es mi caso. Somos
muchos los que de una forma reiterada hemos levantado nuestra voz en
contra de la presencia de la Religión en la escuela sostenida con fondos
públicos, por varias razones: su dudosa constitucionalidad, ya que obliga
a hacer público lo que es privado e íntimo; su potencial segregador y
promotor de marginación, agravado por la incorporación a la escuela pública
de niños y niñas inmigrantes. Finalmente,
porque ingentes cantidades de dinero público se invierten en
adoctrinamiento en favor de una confesión
religiosa mayoritaria, que de esta forma, sigue manteniendo sus
privilegios, en un Estado aconfesional, bajo el pretexto de que los padres
tenemos derecho a elegir la educación religiosa y moral de nuestros
hijos; mientras que, paradójicamente,
ateos, judíos o adventistas de séptimo cielo tienen que ingeniárselas para
tratar de hacer lo mismo con sus vástagos, sin que ese mismo
Estado les ampare en este derecho. Como
respuesta a este movimiento contrario a la enseñanza de la Religión en
la escuela pública, liderado por partidos políticos de izquierda,
sindicatos de enseñanza progresistas, colectivos laicos y algunas
asociaciones de madres y padres, nuestro gobierno central cierra sus filas
conservadoras y da varias vueltas de
tuerca en sentido contrario: No querías
arroz, pues toma tres tazas. El
nuevo planteamiento desborda la situación actual heredada de la LOGSE,
con un área de Religión evaluable,
pero sin valor académico, y su alternativa, que ni siquiera aparece en el
libro de calificaciones. Pero este artificio pseudoprogresista,
obra de un PSOE en el poder (¡qué oportunidad perdida!) no satisfacía a
la Iglesia Católica, que veía como su asignatura iba perdiendo el rango
ganado en otro tiempo, a la sombra de un régimen agotado políticamente. Y
se promulga la contestada Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE)
estableciendo una nueva asignatura denominada
Sociedad, Cultura y Religión con dos opciones: una confesional, diseñada
por la autoridad religiosa (léase Conferencia Episcopal Española) e
impartido por catequistas; la otra, no confesional, con una programación
elaborada por la Administración Educativa e impartida por profesorado de
Ciencias Sociales o Filosofía en los centros de Secundaria. Todos en la nómina
de la Consejería de Educación correspondiente. Ambos
enfoques son excluyentes y, si tenemos en cuenta que la misma LOCE
considera básico el conocimiento del hecho religioso desde una
perspectiva amplia, en la que las manifestaciones culturales e históricas,
impregnadas muchas veces de mitos y creencias, jueguen un papel
fundamental bajo el prisma de la opción no confesional (esperemos que así
sea); los discípulos de la enseñanza estrictamente religiosa recibirán
una formación parcial en
este campo del conocimiento, ajenos a buena parte del acervo cultural de
la humanidad. De esta forma, ambos enfoques, tan diferentes en cuanto a
forma y contenidos, solo servirán para alejar aún más las posturas
vitales de nuestro alumnado. Por
otra parte, los decretos que desarrollarán esta ley contemplan,
provisionalmente, 210 horas de esta nueva asignatura en toda la ESO, en
detrimento de otras áreas. Y es aquí, en el horario de las diversas
asignaturas, donde se aprieta la reaccionaria tuerca que conduce hacia una
educación sesgada, en la que la moral religiosa mayoritaria se impone a
una ética conciliadora, universal y laica, basada en unos valores
compartidos por todos. Serán 210 horas de doctrina religiosa o su
alternativa, frente a las 185 horas de Ciencias Naturales (Física y Química
más Biología y Geología) las que recibirá un alumno/a que termine sus
estudios de ESO siguiendo el Itinerario Tecnológico. Aunque
solo se trate de números, la distribución horaria anterior nos conduce a
una asignatura confesional o, en su defecto, una cultura sobre el fenómeno
religioso, con un peso mayor, en la formación básica de los ciudadanos,
que el conocimiento del funcionamiento de nuestro cuerpo o de la
naturaleza, incluyendo sus implicaciones respecto a la salud y el medio
ambiente, las leyes que rigen el movimiento, las interacciones entre la
materia o las relaciones entre los seres vivos, por explicitar algunos de
los elementos curriculares del área de Ciencias. Esto quiere decir, que
el catecismo, tal vez en su versión más moderna y adaptada a los nuevos
tiempos, superará al conjunto de conceptos, procedimientos y actitudes
que configuran el currículo básico de Ciencias Naturales, y que el
tratamiento de lo trascendente,
basado en la fe y en las convicciones religiosas, se sitúa en un plano
superior al conocimiento basado en la razón y en la experimentación. Es
un viaje en el tiempo a la oscuridad de la Edad Media, en pleno siglo XXI.
Como un agujero negro al que nos acercamos en un proceso continuo de
analfabetización científica imparable. Pero
la amenaza se cierne más allá, y esos u otros decretos nos hablan
de la evaluación de esta nueva asignatura y su equiparación al resto de
las disciplinas. Para ello, tendrá el mismo peso que las demás
asignaturas en la promoción de curso, en la
titulación o en la media académica. Lo que traducido al cristiano,
y nunca mejor dicho, es que un alumno/a con las asignaturas de Lengua,
Francés y Religión pendientes no pasará de curso. Se
obvia que la Religión, por la naturaleza de sus contenidos, es decir, por
las creencias en las que se sustenta, no se ajusta a la objetividad de las
demás materias y, por esta razón, su evaluación carece de todo
fundamento. Además,
la existencia de dos opciones diferentes implicará dos sistemas de
evaluación paralelos, en un mismo nivel académico: Una evaluación
realizada por profesorado ajeno al sistema educativo, a partir de una
programación impuesta por la jerarquía eclesiástica, con criterios
dudosamente objetivos y otra forma de evaluación, en la versión no
confesional, realizada por el profesorado del centro,
a partir de una programación oficial elaborada por la Administración
Educativa y con criterios semejantes a los de otras áreas del currículo.
A partir de esta doble fórmula, solo hay un pequeño paso hasta
la arbitrariedad, la injusticia o la discriminación. Y
para completar el cúmulo de despropósitos, aparece en escena la Consejería
de Educación de la Junta de Andalucía,
la cual, estableciendo
unos planteamientos puramente
economicistas, impone a los centros, como primer criterio para la
elaboración de grupos, la elección de la Religión, es decir: los grupos
deben ser homogéneos en cuanto a la enseñanza religiosa; navegando en
contra de la heterogeneidad que enriquece el contexto escolar y las
relaciones entre sus miembros. Es
posible que algún día terminemos clasificando de esta guisa al alumnado.
Y así, por ejemplo, un 2º
de la ESO de cualquier instituto podría tener los siguientes grupos: 2º
A, católicos; 2º B, protestantes diversos; 2º C, musulmanes; 2º D,
ateos, agnósticos y demás fauna
(con perdón) dispersa.
|
| ¿Qué te parece esta opinión?. Danos la tuya en nuestro foro de debates. |