| Francisco Aguilar Piñal es miembro de la asociación "Europa Laica" |
Europa y sus raíces cristianas
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Para
un historiador atento a la actualidad resulta incomprensible la posición
de algunos gobernantes europeos que defienden la inclusión del
cristianismo como la raíz moral sin la que no puede concebirse la
historia de Europa. En todo caso, habría que incluir todas las raíces
que han ido alimentando durante siglos al árbol europeo, paganos,
cristianos, judíos, musulmanes, y heterodoxos de todas las creencias
habidas y por haber. Si alguna distinción se hace a favor del
cristianismo, ha de ser necesariamente negativa, sin que ninguno de
sus adeptos actuales pueda enorgullecerse sin rubor de una doctrina
regada con sangre a lo largo de dos mil años. Ciertamente,
nadie puede negar que la moral predicada, no sin contradicciones, por
las diversas iglesias que han luchado por la herencia doctrinal de
Cristo, ha moldeado la mente y el corazón de millones de personas,
inclinándolas al bien y a la sumisión política y social, con
beneficio para el poder constituido. Pero no es menos cierto que la
unidad de la fe y la paz social se han conseguido con baños de
sangre. La futura Constitución Europea no puede, por más que lo
pidan los políticos devotos, mostrar como timbre de honor el
fundamento cristiano de sus diversos Estados y naciones. Hay que
respetar la historia. Se
comprende que quienes desconocen la historia y sólo tienen ojos para
un presente de contritos manifiestos eclesiásticos, buscando la
unidad de las iglesias, y predicando paz y la caridad entre los
pueblos, se sientan inclinados a incluir en la Constitución una mención
especial de respeto diplomático y consideración social. Pero es
inaceptable que se invoquen para ello, precisamente, razones históricas.
Muy ciegos tienen que estar, o muy comprometidos con sus creencias,
los políticos que defiendan esta postura. Porque, descartada la
ignorancia de la historia europea, sólo es posible entenderla como
sumisos creyentes de la Iglesia, que pretenden a toda costa cambiar el
color de los acontecimientos: lo que para todos es negro, ellos
pretenden, por arte de encantamiento, que aparezca blanco y sin mácula. Lo
más incomprensible, en personas sensatas y respetadas, es que vean en
la doctrina y la moral cristianas el estandarte de la libertad. ¿Cuándo
las iglesias cristianas –tanto católica como protestantes- han
defendido la libertad? ¿No se ha impuesto a sangre y fuego el
pensamiento único en materia de religión? ¿Cuándo han sido
tolerantes con el disidente? La historia del cristianismo no ha sido,
en esencia, más que la persecución de las herejías, ya desde sus
mismos comienzos, cuando no era más que una secta judía, empeñada
en hacerse un hueco entre los más diversos movimientos religiosos del
siglo I. Mucho ha debido cambiar la doctrina cristiana, para llegar a
defender en nuestros días la libertad (mal entendida) y la igualdad
(también mal entendida) de la persona, siempre con la preocupación
de no perder la poca autoridad que conserva. Sin embargo, no siempre
fue así. La verdad de la historia no permite que ninguna religión
sea considerada como la raíz histórica del continente europeo. Laico
y democrático nació en Grecia; laico y democrático deberá ser en
el futuro. Olvidando ese paréntesis de sangre, odio y fanatismo que
(por motivos religiosos) sembró de cadáveres esta envejecida tierra
durante tantos siglos. Muerte al disidente Si,
como dice Toynbee, la Cristiandad “fue esencialmente creación de la
Iglesia católica”, habrá que deducir que fue una creación
monstruosa, que eliminó cruelmente todos los elementos de disidencia
doctrinal. Para ningún hombre culto es un secreto que la doctrina de
Roma se impuso por la destrucción masiva, similares a las actividades
terroristas, de cuanta herejía ponía en peligro la unidad y supremacía
de sus ideas religiosas. Las herejías se cuentan a centenares y todas
desaparecieron por enfrentarse a la hegemonía del papa de Roma,
intolerante con el disidente que pudiera hacerle sombra. Desde Celso
en el siglo II y Porfirio en el III, han sufrido por sus ideas
contrarias a las romanas, millares de europeos, sabios solitarios o
movimientos de creyentes agrupados en comunidades de ideales, empeñados
en seguir a Cristo de una forma distinta, aunque hubieran de sufrir
persecución y muerte, como los primeros cristianos a manos de los
paganos. Desde
los cristianos gnósticos en el siglo I, a la masacre de los cátaros
en el siglo XII, las luchas contra la herejías se limitaron a las
especulaciones teológicas, pero a partir de esa época, la historia
del cristianismo se convirtió en una historia “criminal”, como
reza el título de la conocida obra en varios volúmenes del profesor
alemán Karlheinz Deschner. En el siglo II proliferaron, entre otras
herejias, los cainitas, los gnósticos y los ebionitas; en el siglo IV
la Iglesia católica se tambaleó por la rápida expansión de los
arrianos, que no creían en la Santísima Trinidad; en el siglo V
aparecieron los monofisitas, monotelitas, pelagianos y nestorianos. En
Tréveris fue decapitado el obispo español Prisciliano, el primer
cristiano ejecutado legalmente por sus creencias. Poco después san
Agustín justificaba la tortura y la pena de muerte contra los
heterodoxos. A
partir del año 430 se debía castigar la herejía con pena de muerte,
pero este precepto legal no se cumplió hasta varios siglos después,
con la aparición de la Inquisición en el año 1188 y la disposición
vaticana de 1199 por la que el papa Inocencio III asemejaba la herejía
con el delito de Estado. La espada de la Iglesia, que hasta entonces
se había levantado sólo para los infieles, cubrió de sangre el sur
de Francia en la primera ‘cruzada’ contra sinceros cristianos,
como los cátaros o albigenses, que murieron por miles. En el siglo
XIV fueron exterminados en las hogueras de la Inquisición del norte
de Italia los llamados “apostólicos” y en Francia los “fraticelli”.
En los siglos siguientes, la caza de brujas fue ocupación predilecta
de los inquisidores. Se calcula que en cuatro siglos fueron ejecutadas
en Europa más de cien mil personas acusadas de brujería. ¿Y
qué decir de las tremendas consecuencias sangrientas para Europa de
la Reforma protestante? En 1572 Francia sufrió los horrorosos crímenes
de la noche de San Bartolomé, entre diferentes facciones religiosas.
El Italia fue quemado en la hoguera el filósofo Giordano Bruno. En
Inglaterra, la sanguinaria María Tudor hizo quemar, por aceptar las
veleidades protestantes, al arzobispo de Canterbury Thomas Cramer, al
obispo de Londres Nicholas Ridley y al obispo de Worcester John Hooper.
El español Miguel Servet fue quemado en Ginebra por orden de Calvino
en 1553. En Goslar, una preciosa pequeña ciudad alemana, los herejes
protestantes fueron quemados en la primera hoguera encendida en
Alemania por motivos religiosos. En 1564, la Inquisición condenó a
muerte al médico Andrés Vesalio, fundador de la anatomía moderna,
por haber abierto un cadáver y por haber afirmado que al hombre no le
falta la costilla con que fue creada Eva. En el siglo siguiente,
varios herejes fueron decapitados en los Países Bajos. Y de 1655 es
el soneto de John Milton “De la última matanza del Piamonte”, en
el que denuncia la carnicería hecha entre los valdenses por los
encolerizados católicos. ¿Son éstos motivos de orgullo para la
Europa de hoy? Viva el pensamiento único Por
poco que se conozca la historia, hay que saber que la Iglesia católica
ha sido, además, la abanderada del pensamiento único (el suyo,
naturalmente) castrando la posibilidad de pensar de manera diferente,
bajo la amenaza de la condena eterna.
Desde
que, en el siglo XVII, Galileo Galilei fue condenado por sus libros,
que, muy sensatamente, proponían ideas astronómicas contrarias a la
Biblia, la Iglesia católica se ha preocupado de difamar, condenar y
destruir cuantas doctrinas científicas o morales se oponían a sus
enseñanzas. Aunque existía desde el siglo V, no se hizo efectiva la
vigilancia sobre las ideas hasta el año 1571, en que el papa San Pío
V creó la Congregación del Índice, para mantener el control de los
libros que se publicaban, incluyendo en el Indice de libros prohibidos
a los más valiosos filósofos y científicos de Europa, como Kant,
Locke, Pascal, Voltaire y tantos otros. En España, la Suprema
Inquisición fue establecida por los Reyes Católicos en 1479,
nombrando como primer Inquisidor General al tristemente famoso
dominico Tomás de Torquemada. Otro dominico, también acompañado de
triste fama, fue el italiano Girolamo Savonarola, que fue colgado en
la Plaza Mayor de Florencia en 1498 por sus locuras, como la conocida
como “hoguera de las vanidades”, a la que incitaba a los
florentinos a echar los instrumentos musicales, obras de arte, libros
peligrosos y ropas de lujo, para agradar a Cristo. El
Índice de libros prohibidos, que ha tenido en España varias
ediciones hasta el siglo XIX, es la más palpable manifestación que
ha podido dejar la Iglesia a la posteridad de su fanatismo,
intransigencia y beligerancia frente a la cultura impresa, que es lo
mismo que decir, contra el pensamiento libre. La censura, antes que
política, ha sido una potestad asumida por la Iglesia como propia, no
se sabe en nombre de quién (aunque sí, en nombre propio) con la vana
excusa de atender a la salvación de las almas. El pensamiento humano,
que sólo puede crecer en la libertad, ha sido así decapitado y
quemado en la hoguera del pensamiento único, es decir, guiado,
vigilado, manipulado y censurado, la máxima humillación que puede
aceptar el hombre, cuya libertad tanto cacarea la Iglesia de Cristo. Si
no fuera tan dolorosamente trágico, habría que sonreír ante las
pretensiones eclesiásticas de algunos políticos, sometidos al
Vaticano, porque harán el ridículo en Europa al defender con orgullo
la raíz cristiana del continente. Aunque así fuera, una constitución
futura ha de ser, obligadamente, democrática y laica, orgullosa de
haber superado el lastre religioso del pasado, tanto en sus textos
legales como en la práctica educativa y jurídica, como corresponde a
todo estado no confesional. No habrá Europa unida, si no se asienta
sobre la libertad de conciencia. En el futuro habrá que acostumbrarse a dos ideas fundamentales. Primera, que la religión es algo muy personal e íntimo, cuyas manifestaciones colectivas habrán de ajustarse a la legalidad, no influenciada por las instituciones eclesiásticas. Segunda, que hay que distinguir con claridad entre doctrina y moral. La conducta de un ateo podrá ser tan moral como la de un creyente, dado que la moralidad no es privativa de ninguna doctrina, máxime cuando esa doctrina se ha mostrado a lo largo de la historia como carcomida por la falsedad, el engaño, el fanatismo y la hipocresía.
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