Espada y mitra.
Fernando Delgado.
Educación para la Ciudadanía es una asignatura informativa sobre las realidades de nuestra sociedad, sin interferir para nada en el credo religioso de cada cual, pero si se atiende a los obispos españoles son lecciones de catequesis que el Gobierno quiere dar para quitarles clientela. Y a partir de esa mentira, o de una inexplicable incomprensión desde la burricie o la mala fe, apelan a la libertad -qué hermoso concepto en la pluma del evangelista y qué término prostituido tantas veces por la jerarquía eclesiástica- para convocar a los padres católicos a la insumisión.
No es la primera vez que se alborotan en este país las sotanas, y hasta ha habido ocasiones en las que han llevado la pistola en el fajín, pero en un Estado de Derecho no hay pectoral que salve del cumplimiento de la ley, de modo que son muy libres los obispos de situarse y tratar de situar a sus fieles fuera de las leyes que democráticamente nos damos, pero los ciudadanos debemos exigir que no haya más contemplaciones con quienes quieren gobernar desde los púlpitos, recogiendo la ofrenda de los privilegios. A quien se sitúe fuera de la ley, que sufra sus consecuencias.
Los católicos franceses, por ejemplo, no enten¬derían nunca una posición semejante en su Conferencia Episcopal. Lo que pasa es que la historia de la Iglesia católica en otros países libres no es la misma que la nuestra; en las páginas más sombrías de nuestra historia aparece siempre el poder de esa institución, no dando la paz, sino aplican¬do la espada. Y en su imparable ambición de poder, unos días por una cosa, otros por otra, en la medida en que recibe concesiones del poder civil, presenta nuevos forcejeos. Pero es obligación del gobierno legítimo poner a salvo su dignidad, que es también la nuestra como demócratas, para resistirse a las imposiciones de una jerarquía católica cada vez más politizada.
La radicalización de la Iglesia, que contribuye además al enfrentamiento
de la sociedad civil desde sus medios de comunicación, lleva a no considerar
una postura radical precisamente la de quienes piden acabar con el Concordato
en el que tantas veces se amparan los obispos en su abandono del espíritu
evangélico para luchar por cotas de poder terrenal. Esto no lo denuncian
sólo los anticlericales furibundos, que si en algún momento parecían
una antigualla sin justificación son ahora justificados por las actitudes
de la Iglesia, sino incluso sacerdotes y seglares con cordura y decencia que
tratan de conseguir una Iglesia purificada y se revelan ante las patrañas
de la vieja Iglesia española para interferir en el poder civil.