¿Qué les pasa a los obispos?
Náyade Urrero (*)
(Publicado en el diario digital El Plural)
Es hora de “abrir los ojos”; la Iglesia se
apropia de nuestras voluntades, tras la fachada de la espiritualidad
NÁYADE URRERO
Hay obispos que predican abiertamente, en su condición de jerarcas de la Iglesia Católica, que la homosexualidad y la pederastia son comportamientos comparables, y que son los niños víctimas de abusos sexuales los que “lo desean y lo provocan”; ¡patético, demencial, inhumano e intolerable!
Otros obispos argumentan que las mujeres, por su liberación social, laboral y familiar, son las responsables de suscitar los maltratos de sus parejas. Teniendo en cuenta que, desde el Concilio de Nicea, la Iglesia Católica solo ha atribuido “alma” al género masculino durante siglos, relegando al femenino a la condición de “animal superior”, como el caballo o el dromedario, no es de extrañar que, según ellos, debamos sentirnos culpables si nuestros maridos o parejas nos mutilan o nos golpean...
Dicen lo contrario de lo que hacen
Los obispos (esos grandes oradores y expertos en decir justamente lo contrario
de lo que hacen o pretenden hacer), en su empeño por defender la familia,
lo cual no es más que un modo de atacar abiertamente al pluralismo social
y a las libertades, arremeten enérgicamente contra cualquier modelo familiar
o social que no sea el modelo atávico, esclavizante y conservador que
ellos proponen.
“Curaciones” milagrosas
Hay periodistas que, bajo el cobijo obispal, publican libros que hablan de la
homosexualidad como una enfermedad, y que sugieren “curaciones”
milagrosas a través de canallescos métodos represivos y fantasmagóricos.
A la calle
Hay obispos que se lanzan a la calle a publicitar dogmatismos rancios y anquilosados,
uniendo banderas con los sectores fascistas y totalitarios herederos de la dictadura,
con el único fin de desgastar al actual Gobierno progresista, y fanatizar
a la ciudadanía para recuperar el poder a través de la derecha
mediatizada y radicalizada.
La Ilustración
Los obispos han provocado una guerra mediática contra una materia escolar
que habla de valores democráticos, libertades, respeto a la diversidad
y derecho a la felicidad. Estos valores, heredados de la ideología de
la Ilustración y contemplados en la carta magna de los Derechos Humanos,
enervan a los señores obispos, quienes hablan de “vulneración
de la libertad de creencia religiosa” cuando defienden, justamente, lo
contrario: el pensamiento único, dogmático y totalitario que pretenden
imponer a la ciudadanía obviando nuestros derechos y el ideario democrático
que la mayoría de los españoles defendemos.
Silenciados sistemáticamente
Hay obispos, sacerdotes y religiosos que son demandados continuamente y en todo
el planeta por abusos sexuales a niños, abusos que son, por exigencia
vaticana, silenciados sistemáticamente a las autoridades competentes.
Lo que algunos creen que se trata de hechos aislados y puntuales, es una realidad
habitual en toda la comunidad católica y cuyo origen está en la
monstruosa represión de la natural condición sexual que se impone
a los adeptos.
Mutismo
Hay jerarcas católicos sentenciados como cómplices de pederastia
y abusos sexuales, y lo que implicaría una inmediata dimisión
en cualquier cargo público, en el caso de un cargo de la curia sólo
se observa el mayor de los mutismos.
Ignominias y aberraciones
Hay medios de prensa y radio, propiedad de los obispos, que reiteran desde sus
tribunas mentiras, ignominias y aberraciones que pretenden exaltar los ánimos
de la ciudadanía y que ambicionan destruir cualquier atisbo de moderación
en el debate político.
El viejo debate
Hay una jerarquía católica que beatifica a casi quinientos “mártires”
de un bando de una terrible guerra en la que el otro bando también tuvo
víctimas a las que abiertamente ignoran; y todo ello acusando al Gobierno
de reabrir el viejo debate de las dos Españas...(reza el refrán
castellano que “se cree el ladrón que todos son de su condición”).
Libertad de conciencia
Hay obispos y religiosos que desde sus púlpitos, tribunas y aulas piden
a sus fieles y adeptos el voto para la derecha, a veces, incluso para la extrema
derecha inconstitucional, vulnerando así una ley natural infinitamente
proclamada por la inteligencia y la razón desde tiempos de Cicerón:
la separación entre la res-publica y la res-privata, que, traducido a
nuestros días, podríamos transcribir como la simple y llana “libertad
de conciencia”, de la que tanto hablan cuando les conviene y a la que
tan poco respetan.
Ciudadanos sumisos
Los obispos, en nombre la Iglesia Católica y de sus siniestros intereses,
están atacando las libertades, las más explícitas de manera
evidente, y también las más sutiles que son, finalmente, las más
determinantes. Los obispos están intentando quebrantar el librepensamiento
al que todos tenemos el derecho de aspirar, y están manipulando las conciencias
de la ciudadanía. No quieren ciudadanos libres; la libertad, la verdad,
la razón y la convivencia democrática son los grandes enemigos
de la organización a la que representan. Quieren ciudadanos sumisos y
sometidos a sus pretensiones totalitarias, y quieren ciudadanos fanatizados
que sean incapaces de admitir y respetar otros idearios. Los obispos no quieren
una España en libertad.
Su razón de ser
Es hora de “abrir los ojos”, es hora de que los ciudadanos reconozcamos
la evidencia de que, tras la fachada de la espiritualidad con que la Iglesia
se apropia de nuestras voluntades, el poder y la consiguiente intromisión
en la política y en los asuntos de Estado, son su verdadera razón
de ser. Es hora de advertir que esta intolerable injerencia de lo religioso
en el terreno social y político, no es nueva, se remonta a sus propios
orígenes, porque tras el ensamblaje de la engañosa oratoria católica
se esconde un desmedido afán de control de los ciudadanos y de los poderes
económicos y políticos. Y es hora de reconocer que la Iglesia
Católica está, nuevamente, poniendo en serio peligro las libertades
sociales e individuales, está quebrantando los derechos humanos fundamentales
y está amenazando muy seriamente, a veces de manera alarmante, nuestra
democracia.
(*) Náyade Urrero es doctora en Sociología
y en Humanidades