Púlpitos, protección de
datos y "hago lo que me sale de la sotana"
Pilar Rego
La Iglesia católica considera el acto de apostatar un
pecado de extrema gravedad porque “es el rechazo total de la fe cristiana”.
La palabra apostasía tiene su origen en dos términos griegos
(apo), "fuera de" y (stasis), "colocarse"; el significado
del acto de apostatar es negar la fe de Jesucristo recibida en
el Bautismo.
Sin embargo si hay una religión en la que la apostasía cobra
especial relevancia, es sin duda el catolicismo ya que la pertenencia a
su iglesia se realiza a través del bautismo a los pocos meses
de vida, evidentemente sin la libre elección del bautizado.
Parece que para los representantes eclesiásticos este acto voluntario
de renuncia es una conjura contra la que tienen que defenderse sin tregua.
¿Por qué tanto revuelo porque alguien pierda la fe y quiera
dejar constancia de ello? ¿Acaso la libertad de conciencia provoca
en los cimientos de Roma un daño irreparable?
El hecho de apostatar no es un acto “en contra de” sino una declaración
personal de abandono de una religión.
La acción de apostatar requiere que la persona interesada solicite
que la Iglesia suprima sus datos personales de todos sus ficheros (la Ley
Orgánica de Protección de Datos lo denomina “ejercicio del
derecho de cancelación”) y hay que presentar una doble solicitud,
a la parroquia y al Arzobispado al que pertenece porque en ambos registros
hay datos y ambos funcionan como entidades independientes.
La Conferencia Episcopal pone innumerables trabas a los apóstatas
y las justifica con las siguientes afirmaciones: “porque es una decisión
dramática” y porque la Iglesia “debe garantizar que se trata de una
opción libre, pensada, y con conocimiento de causa”.
Vaya, curiosamente nada que ver con la incorporación a la Iglesia
del neófito al que no se le pide que opte al bautismo libremente,
con conocimiento de causa y después de haberlo meditado convenientemente.
El pasado mes de junio “el jerarca de Toledo”, el Arzobispo Cañizares
en su calidad de “vigía de la moral ajena y las buenas costumbres”,
alertó de la aparición de una “apostasía silenciosa”
o “paganización” de la sociedad y aprovechó una homilía
para hablar largo y tendido sobre el tema.
Sin embargo todavía no abrió la boca, al menos en público,
para referirse al sacerdote que “aireó” los datos de dos hermanas
que habían presentado en su parroquia una solicitud de apostasía.
Este hombre durante un sermón citó el nombre de estas dos
mujeres en pública acusación de “su pecado” de renuncia de
la fe.
Las dos hermanas presentaron una denuncia en el Juzgado de Instrucción
de Piloña y según su abogado, José Baquer: “el
sacerdote habría delinquido al difundir datos correspondientes a
un fichero privado, hecho penado con hasta tres años de prisión”
No obstante, las dos mujeres hablaron con el sacerdote antes de presentar
la denuncia y el párroco les indicó que “tenía
libertad para hablar de quien quisiera y que había dado sus
nombres y apellidos siguiendo órdenes del Arzobispado de Oviedo”
o lo que es lo mismo “hago lo que me sale de la sotana”.
Esta práctica no es una novedad en el seno de la Iglesia católica,
durante décadas los púlpitos de sus templos fueron un altavoz
donde se divulgaron los datos de todos aquellos fieles que se salían
del redil, de todas las “ovejas descarriadas” que no seguían al “rebaño”
además de ser una útil herramienta de adoctrinamiento.
En la actualidad se siguen utilizando los templos no sólo para impartir
la doctrina cristiana sino también para lanzar “avisos a navegantes”
que no siguen el rumbo que ellos marcan.
No olvidemos las palabras de Luis Agudo, portavoz del Arzobispado de Valencia,
valorando la sentencia del Supremo que les exime de anotar las apostasías:
“La Iglesia no es un club del que uno puede darse de baja”
Ante tamaño despropósito sólo podemos decir:
¡Vade retro Satanás!
Pilar Rego es Educadora Social, bloggera y colabora con
la asociación contra la violencia de género "Áyudatemujer"
El Plural, 12-10-08