El señor Ratzinger o el hombre que condena
los condones y persigue la alegría.
Enric Sopena
Benedicto XVI ignora a Aristóteles:
“Primum vivere, deinde filosofare”
El
Plural, 20-3-09
“No he venido a hablar ni de política ni de economía. He venido aquí a hablar de espiritualidad”, aseguró Benedicto XVI nada más pisar tierra africana. “Primum vivere, deinde filosofare”, advertía Aristóteles. Primero, vivir, tener al menos el estómago lleno; luego filosofar. El Papa no parece partidario de la lúcida reflexión de Aristóteles, al fin y al cabo un filósofo pagano, debe de pensar, nacido más de trescientos años antes que Cristo.
En el África de la miseria, del hambre, de la ausencia de una red sanitaria y es co lar mínima, donde malviven millones de seres humanos y donde millones de niños mueren sin llegar a la adolescencia; en la África donde la única esperanza de la inmensa mayoría de sus hombres y mujeres es huir como sea para encontrar –lo que es dificilísi mo– un lugar al sol de la abundancia; en la África donde el sida arrasa y mata con facili dad a muchos de sus habitantes, el jefe máximo de la Iglesia católica dice que él no ha bla de política ni de economía, sino de espiritualidad. Y para empezar, su espiritualidad la mide prohibiendo, una vez más, el uso de condones, siquiera para frenar o recortar la pandemia del sida.
Obsesión rastrera
¡Qué obsesión tan infame, ciertamente rastrera, la de tantos
clérigos, obispos, ar zobispos, cardenales y, por supuesto, el Sumo Pontífice
de la sotana blanca, en torno al sexo! ¡Qué vergüenza estar
siempre dándole vueltas a la noria del sexo, condenándolo, a la
defensiva, buscándole su supuesta maldad congénita! ¡Qué
obscenidad priorizar en África lo que la cúpula católica
entiende por espiritualidad y dejar de lado la política y la economía!
Ésas son las dos palancas que debieran ser utilizadas en el continente
afri cano para que la situación cambiara para bien totalmente y África
dejara de ser un in fierno –ese infierno sí que existe–,
y se convirtiera en un lugar para que florezca la vida y no para que emerja
la tragedia de la muerte.
El inquisidor del siglo XX
Pero a Benedicto XVI –antes llamado, cuando ejercía de inquisidor
del siglo XX, Joseph Ratzinger– sólo le preocupa de los africanos
que se pongan condones. Por cierto, ¿cuántas veces, señor
Ratzinger, Cristo condenó los condones u otras formas de evitar la procreación?
También le inquieta que las misas católicas celebradas en África,
así como otros oficios religiosos, estén impregnadas de restos
de las antiguas religiones africanas y, por consiguiente, no sean “dignas”.
Relevante cuestión, importantísimo problema. Al jefe del teocrático
Estado Vaticano le molesta que las misas africanas tiendan a ser exuberantes.
Dice el Pontífice: “Estas celebraciones son festivas y alegres,
pero es esencial que la alegría demostrada no sea un obstáculo
para entrar en diálogo y comunión con Dios”. ¿Pretende
el señor Ratzinger ponerle, eso sí, condones a la alegría?
¿Cree el Papa que Dios sí rompe el diálogo con los africanos
que, evocando su pasado religioso, se muestran alegres en demasía? ¿Le
parece mal –todo lo que no controlan les parece a us tedes mal–
que las viejas creencias africanas se mezclen con la liturgia de las misas traí
das por los colonizadores? O sea, por los expoliadores de África, al
margen, claro, de mi les y miles de misioneros y misioneras beneméritos
y entregados a hacer el bien a los africanos.
Mandamases de la carcunda
¡Menudo Dios se han inventado ustedes, los mandamases de la carcunda,
los que están más pendientes de los condones que de salvar a la
gente del sida, los que siguen anatematizando la homosexualidad, las células
madres, la muerte digna o la eutanasia, el aborto reglado, el divorcio, sea
o no exprés! En África dicen que no hablan de políti ca,
pero en sus púlpitos y sus copes no hacen otra cosa que hacer política,
apoyando a la derecha y maldiciendo a la izquierda. Recuerdan sobre todo, a
los escribas y a los fari seos, sepulcros blanqueados, que decían una
cosa y hacían la contraria. Usted, señor Ratzinger, es el hombre
que en nombre de Dios, se atreve a condenar los condones y a perseguir la alegría.
He aquí su retrato. Estremecedor.
El Plural, 20-3-09