"¿El laicismo francés
podría ser producto de exportación?"
Raymond BELTRAN
Nota: Este artículo fue publicado en la revista POUR Nº 186 del mes de junio 2005. Tenía por objeto reflexionar sobre este tema y estaba dirigido a los laicistas franceses que quisieran hacer que sus ideas fueran adoptadas más allá de las fronteras de Francia. Formaba parte de un conjunto de artículos diversos que recogían las opiniones de representantes de confesiones religiosas y de organizaciones filosóficas laicas
¿Cuáles son los retos del laicismo en 2005? Ciertamente diferentes de los que presidieron en 1905 a la ley de separación de las iglesias y del Estado, aunque éstos fueran fundamentales para concluir las pendencias del siglo XIX en Francia y para preparar el porvenir.
Después de la Revolución de 1789, el desarrollo de esta relación fue discontinuo en apariencia pero, sin embargo, siguió una continuidad real. El Concordato de 1801 la reanudó con la plaza oficial consentida a la religión católica dentro del Estado, después del rechazo anterior, lo que constituyó una vuelta atrás. Pero el Primer Cónsul tenía el propósito de controlar mejor a los clérigos y sus acciones haciéndoles integrarse en el aparato del Estado.
Toda la historia del siglo XIX ha visto la oposición entre una iglesia que quería mantener sus ventajas, legalizadas por el Concordato, y un poder fluctuante pero que, ya en 1830, con las leyes Guizot, y hasta los años 1880, ha estado frecuentemente en conflicto contra esta Iglesia por el control de las escuelas primarias, de los institutos de segunda enseñanza y de la universidad.
El desenlace de estas discrepancias llegó a su apogeo con las leyes de Jules Ferry, que instituyeron una Escuela pública laica, es decir, separada de la Iglesia católica, obligatoria y gratuita. El combate laico de ese siglo tenía por objeto el control de la educación de la juventud. El monarquismo militante de la jerarquía católica y de sus clérigos dio a este combate de la III Republica francesa una legitimidad anticatólica y anticlerical. Fue así una guerra escolar, pero también un combate entre Republica y Monarquía, entre los húsares negros (los maestros) y los sacerdotes católicos, que recibían sueldo de la Republica, como consecuencia del Concordato.
En 1901, las asociaciones salieron del marco religioso; en 1904 las congregaciones fueron sometidas a declaración y a autorización; en 1905 se declaró la separación de las iglesias y del Estado, no sobre el proyecto de Combes, contrariamente a lo que se dice, sino sobre el de Arístides Briand. Vivimos siempre sobre un mito de una ley de 1905 de la cual no se citan más que los dos primeros artículos: tiene 44. Cada uno piensa que jamás se la tocó. Se olvida el contexto de la guerra de 1914-18.
El laicismo después de 1905
Después de 1905, la guerra que debía ser la última, la revancha sobre los alemanes, que comenzó con flores sobre los fusiles, se terminó con una victoria amarga en 1918, con el recuerdo de los sufrimientos en las trincheras, del número muy grande de víctimas y, sobre todo, de la inutilidad de esta matanza. Esta guerra condujo sacerdotes a incorporarse y a compartir combates y modos de vida con los soldados. La “Unión sagrada” se tradujo por implicación de los clérigos en la guerra y por una reivindicación de reconciliación nacional al terminar.
Olvidado el pacifismo de Jean Jaurès con la liberación de su asesino en 1919… La Cámara conservadora llamada “Azul” modifica la ley de 1905 y pone a disposición del culto católico los edificios municipales (iglesias), sin gastos ni alquileres a cambio. Todos los que habían aceptado la ley de 1905, protestantes o judíos, perdían, puesto que sus asociaciones culturales, que quedaban propietarias de sus bienes, quedaron tributarias de todos los gastos de uso. Los católicos, que habían perdido los edificios, podían ahora beneficiarse de su utilización sin deber atender al mantenimiento, a cargo de los propietarios (los municipios).
De esto resultan hoy en día posturas divergentes sobre esta ley de 1905. Los católicos no quieren que se toque, los protestantes y los judíos quieren una revisión. Para el culto musulmán, proclamado segunda religión de Francia, el debate está abierto, mientras llegarán los budistas… La relación con las religiones es siempre objeto de conflicto con los que niegan que uno pueda ser agnóstico o ateo, o que se pueda cambiar de creencia. El paisaje se complica con una religión que aparece tratada sin equidad en relación con las otras, que se radicaliza y que está financiada por los fundamentalistas extranjeros. Ella trata con una población joven, que vive una exclusión económica en un contexto post-colonial y que se recoge en sí misma en un reflejo identificatorio. ¿Debemos tratar esa religión como las otras o admitir una excepción de financiación contraria a la ley de 1905? ¿Cual es la sinceridad de los laicistas que no lo son más que por oposición a los musulmanes?
Finalmente, el laicismo, en el marco europeo y mundial, ¿queda como una noción franco-francesa o puede ser exportada fuera de nuestras fronteras? ¿Sus valores son o no son verdaderamente universales? ¿Qué es lo que permite que el laicismo sea recibido y aceptado por todos los hombres? Si queremos justificarlo por los eventos que conocemos nosotros (o que deberíamos conocer) no tenemos ninguna posibilidad de hacerlo admitir más allá de nuestras fronteras. Si queremos inscribir explícitamente el laicismo y nuestra definición propia del mismo en los textos europeos, nuestros compañeros europeos, salvo unos pocos, rechazarán nuestra arrogancia y manifestarán su incomprensión.
Si queremos ser eficaces no deberemos contentarnos con transcribir lo que se hace en Francia. Deberemos adaptarnos al contexto exterior. Esto no significa que debamos renunciar a nuestro ideal laico, pero que deberíamos hacerlo comprensible por los que han vivido un marco histórico diferente del nuestro. Para ser reconocidos y comprendidos en el extranjero, tenemos que salir de nuestro afrancesamiento. El pasado escolar, histórico, del siglo XIX francés, con sus avances y sus retrocesos, no tiene significación fuera de nosotros, mientras que el espíritu de la Revolución francesa y el ideal de libertad que se extendió por el mundo en esa época están siempre vivos.
El libre albedrío de la juventud debe ser preservado, el dominio clerical sobre los jóvenes y sobre las familias debe ser limitado, la coexistencia de poblaciones de orígenes diferentes en una entidad nacional debe ser alentada, la libertad individual de conciencia debe ser fomentada dentro de la unidad nacional. La necesidad de promover una vida social común, a pesar de las diferencias, es un interrogante para nuestros interlocutores en muchos lugares.
Resurgimiento de las culturas nacionales
Aunque, en Francia, muchos piensan que la integración de los “indígenas” venidos de otras provincias hexagonales, como la de minoridades “alógenas”, otras veces consideradas no integrables, se ha realizado hoy en día, todos reconocen la dificultad para obtener, cultural y económicamente la de nuevos inmigrantes, cada día más diferentes.
Fuera de Francia, el laicismo está confrontado a las fronteras arbitrarias, consecuencia de la colonización en África, consagradas por Tratados diplomáticos que, ignorando las poblaciones concernidas, han separado las naciones culturales o étnicas entre varios Estados. Conflagraciones recientes son la consecuencia de esto. La “macedonia” de países resultado de la descomposición del imperio Austro-húngaro después de 1918, la balcanización del imperio otomano en esta época y los recortes de las fronteras a partir de 1945 en Europa central, continuarán teniendo consecuencias si no hay elementos moderadores. ¿La Unión Europea puede ser este elemento?
Estas “naciones” quedan separadas en sus Estados: viven a menudo en barrios separados, en escuelas diferentes, no se frecuentan más que por excepción y están siempre prestas a matarse entre ellas, como la ex-Yugoslavia nos lo ha mostrado. Nada las reunirá si no es la idea, hoy hipotética quizás, de un porvenir común que superará las diferencias.
Una visión laica permitiría hacer coexistir esas comunidades a pesar de sus diferencias culturales, de sus religiones y de sus querencias pasadas. De esa manera podrían cohabitar palestinos e israelíes, griegos y turcos en Chipre, hindis y musulmanes en Pakistán, en India, en Cachemira, en Bengala, etc.
Mientras no se separe lo que es de dominio privado (de cada persona) con la libertad de creencia y la conservación de las tradiciones culturales, de lo que es público (dominio de todos), la coexistencia será imposible entre poblaciones con referentes en tradiciones diferentes. Esta coexistencia necesita la neutralidad de las instituciones oficiales para que las oposiciones (a menudo infranqueables) se fundan en un crisol común, un mestizaje cultural que ligue los individuos entre ellos. Sin eso, no habrá futuro común y el peligro de la exacerbación de las diferencias será grande.
Militancias en Francia y fuera de ella
Hay dos militancias complementarias que no se excluyen, pero que no deben ser confundidas: el combate laico no tiene el mismo significado en Francia que fuera de Francia. En Francia, tiene por objeto el respeto por todos de las leyes laicas, y, sobre todo, de su espíritu. La neutralidad de las instituciones no debe hacer excepción. Deben ser respetadas la libertad de creencia y de pensamiento de cada ciudadano y, sobre todo, la neutralidad de los órganos oficiales: los políticos elegidos de la democracia, los representantes del gobierno deben ser ejemplares para exigir el respeto de la ley. No siempre es el caso.
En Europa y en el mundo no tenemos ninguna posibilidad de imponer ni la palabra laica ni nuestros textos legislativos a propósito de laicismo. ¡Sobre todo si queremos obtener una eficacia mayor de la que conseguimos en nuestra casa! Para ser entendidos fuera de Francia debemos promover la capacidad de coexistencia de individuos diferentes, liberados de todo pensamiento oficial único, para permitirles conservar su libre albedrío, pero de manera que de todo esto se pueda extraer una unidad de destino colectiva.
Podemos ayudar a nuestros compañeros extranjeros a denunciar el imperio religioso sobre la política; ayudarles por nuestra experiencia a comprender la necesidad de conseguir una verdadera separación entre el dominio religioso, individual, y el dominio oficial, común a todos.
Podemos apoyarnos sobre el proceso de laicización de las sociedades occidentales, pero sin el apoyo de los laicistas oriundos de cada nación, no tenemos ninguna oportunidad de imponer nuestras ideas con textos que dictaríamos nosotros pero que nadie recogería para adoptarlos.
En las tradiciones comunitarias de Holanda, de Alemania y de Inglaterra, será largo el proceso. Pero la aspiración a un ideal común, que abra el espacio de libertad individual es inteligible par los que no son franceses. No tiene importancia si no existe en su lengua un vocablo que traduzca correctamente “laïcité”, la idea laica se abre camino cuando se explica con argumentos que permiten a los extranjeros encontrar soluciones a sus problemas.
En los Estados Unidos, la separación forma parte integrante de la Constitución. Falta sólo realizarla efectivamente frente a la presión social. En América latina, los fundamentalismos religiosos se oponen a los movimientos de liberación marxistas, dejando poca esperanza para las ideas laicas. En Asia, los movimientos religiosos son fuertes y dominan frecuentemente las naciones, a menudo teocráticas, cuando no cogen por encima un ateismo que dominaba antes. En África, la corrupción de los gobiernos se arregla con las religiones. Son todas éstas tierras de misión para los laicistas y para el laicismo.
Un derecho humano
Lo que conforma la universalidad del laicismo no es su forma francesa, sino el valor de ejemplaridad de la neutralidad del Estado y de sus instituciones oficiales. No es tampoco la oposición entre una escuela pública y una escuela confesional, aunque la existencia de esta escuela neutra sea importante como lugar de acogida de todos los jóvenes, sin distinción.
Las democracias deben garantizar la libertad de opinión y la libertad de creencia. Estas libertades deben beneficiar a los individuos, libres de creer o no, de cambiar de creencia si lo desean, sin coacción ni prohibición oficial ni amenazas religiosas por apostasía.
El objetivo de los laicistas es permitir una mejor comprensión de lo que significa “conservar las creencias en el dominio privado”, para evitar los conflictos con las de los otros. Tanto como el hecho de mantener en el dominio público solo lo que es político (vida social), porque ahí las opciones deben ser comunes y no reducirse a alternativas comunitarias.
El laicismo está ligado a los Derechos Humanos. Estos derechos exigen que las religiones no puedan dominar la vida social y que no puedan imponer sus obligaciones al conjunto social. La ley laica garantiza así las diferencias, incluso cuando éstas son religiosas. La ley laica respeta las religiones, y exige a las religiones el respeto de los derechos imprescriptibles de los individuos.
Podremos “exportar” el laicismo fuera de los limites de nuestro territorio nacional si sabemos utilizar las palabras que permiten comprender el valor emancipador de este concepto a comunidades que tienen una historia que no es la nuestra.
Raymond BELTRAN . Lacista de Carcasona (Francia)