El obispo de Palencia celebra el 28-J
publicando un artículo homófobo donde los haya.
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inSurGente.- El hombre de la fotografía se llama José
Ignacio Munilla Aguirre y durante veinte años se dedicó a
pastorear a los habitantes de la población vasca de Zumárraga
-hombres y mujeres- que se dejaron. Es cura católico, tiene 44 años
y hace muy poco que Mefisto XVI lo ascendió a obispo de Palencia.
Ayer, Día del Orgullo Gay y Lesbiano, se conoció un artículo
suyo, titulado "Homosexualidad y esperanza", que merece la pena
leer si se quiere hacer unas risas (¡Ojo!: ¡unas risas!, no
se lo tomen por el lado malo por que si no hay motivos para llorar). Por si es el caso, nosotros se lo ofrecemos íntegro. (de: http://www.insurgente.org/modules.php?name=News&file=article&sid=5632 ) |
Homosexualidad y esperanza
por José Ignacio Munilla Aguirre (Obispo
de Palencia)
El cambio en la consideración de la homosexualidad, de trastorno psicopatológico
a mera condición sexual alternativa, se ha debido más a las presiones
de los influyentes lobbys gays, que a nuevas evidencias científicas.
Fue en 1980 cuando estos grupos consiguieron una de sus mayores "victorias",
al lograr que la Asociación Americana de Psiquiatría retirara
la homosexualidad del manual de trastornos comportamentales (Diagnostic and
Statistical Manual). Está claro que no se trató de una decisión
tomada por motivos científicos; y prueba de ello es que en la tercera
edición del citado manual se ha llegado al absurdo consenso de afirmar
que la homosexualidad es un desorden sólo cuando no es querida por el
sujeto (págs. 281-282). Una solución bastante ridícula,
ya que hace depender la consideración de la tendencia homosexual de la
percepción subjetiva de quien la padece. ¡Si te parece bien tu
homosexualidad, entonces no es un trastorno; y si te parece mal, entonces sí!
¡¡Todos contentos!!
Uno de los más graves problemas que padecen las personas homosexuales
es el escaso número de profesionales que trabajan en la investigación
y el tratamiento de su tendencia. La tremenda presión que se puede llegar
a soportar en nombre de lo políticamente correcto, llega a coartar la
libertad del ámbito de la ciencia.
Existen, no obstante, profesionales de primera línea que se atreven a
continuar afirmando lo que la psiquiatría siempre ha afirmado: estamos
ante un trastorno neurótico (Van Den Aardweg, Bieber & Bieber, Aquilino
Polaino, etc...). Y lo que es mejor, no cejan de ofrecer sus terapias curativas
con resultados nada desdeñables. Me remito al estudio de Bieber &
Bieber, publicado en base a la entrevista con más de mil homosexuales
varones. Tras formular su teoría, concluye: "Un chico que goza de
una buena relación con su padre no llegará a ser homosexual...
En la mayor parte de los casos el hijo homosexual tenía una relación
demasiado íntima con la madre...; con frecuencia la madre prefería
este hijo a su marido". Mención especial merecen los estudios del
psiquiatra holandés Gerard J.M. Van Den Aardweg, quien explica la homosexualidad
como un complejo de autocompasión; proponiendo una terapia contrastada
en el momento de su publicación ya con 264 pacientes ("Homosexualidad
y esperanza. Terapia y curación en la experiencia de un psicólogo"
EUNSA, 1997).
Pasemos seguidamente a la visión pastoral. Es nuestro deber acoger con
respeto y delicadeza a todas las personas homosexuales, de forma que se sientan
queridas y aceptadas incondicionalmente. Pero tengamos presente que sólo
lo verdadero puede ser realmente solidario y caritativo. No hay otro camino
de liberación para las personas homosexuales que la lucha por corregir
sus propias tendencias desviadas. La rendición a esa neurosis sexual,
la búsqueda de contactos y relaciones, inestables y frustrantes por su
propia naturaleza, desemboca a la larga en una profunda insatisfacción,
por mucho que se disfrace de ruidosa alegría aparente.
En los documentos en los que la Iglesia Católica aborda esta cuestión,
no se habla nunca de "homosexuales", sino de personas con una tendencia
homosexual. No existe el "homosexual", como si se tratara de una condición
constitutiva de la especie humana. Una perspectiva que rompe la tendencia al
"gueto" que tanto caracteriza al mundo homosexual. La condición
homosexual no es la primera y ni siquiera la última en la escala de las
condiciones desordenadas que deben de centrar nuestra atención. Se debe
colocar al mismo nivel de otras tendencias morales desordenadas, como el deseo
de posesión, el ansia de dominio; o quizás también al mismo
nivel que otras muchas compulsiones y adiciones neuróticas.
Si la dinámica del instinto fuera suficiente para dar por buena una conducta,
la moral se esfumaría hasta el punto de que cada uno terminaría
por hacerse una ética según su impulso y apetencia. Sin embargo,
no podemos olvidar que los hechos no constituyen un criterio moral por sí
solos. La Iglesia no hace sino recordar que, tal y como se deduce el dinamismo
de la naturaleza del ser humano, los actos homosexuales se alejan radicalmente
del significado que Dios ha dado a la sexualidad humana.
A lo dicho hasta aquí hay que añadir que el fenómeno de
la homosexualidad no tiene siempre un origen de trastorno neurótico en
la pubertad, sino que por influjo de la pornografía, cada vez con más
frecuencia se están dando casos en los que la desviación sexual
ha sido adquirida, a base de adentrarse en una espiral de experiencias eróticas
obsesivas. Es decir, en estos casos se puede aplicar aquella paradoja de que
no es el ladrón el que hace el robo, sino que ese el robo quien hace
al ladrón.
En definitiva, la perspectiva cristiana de la homosexualidad es una apuesta
por la esperanza, contra el fatalismo. Frente a las teorías freudianas,
pensamos que la persona humana no se agota en su orientación sexual.
A pesar de nuestros desequilibrios, mantenemos posibilidades de crecimiento
y de renovación. Nosotros creemos en la dignidad del hombre, lo cual
es creer en su libertad. Si no nos empleamos en la batalla por ser dueños
de nuestra voluntad, acabaremos siendo esclavos de nuestros instintos.