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Las puertas del limbo se cerraron ayer de forma definitiva.
En adelante, los niños que mueran sin bautizar quedarán en
manos de "la misericordia de Dios" e irán quizá al paraíso. La
clausura del limbo comenzó con el catecismo publicado en 1992
por Juan Pablo II, un texto en el que no se citaba el
misterioso lugar de frontera donde los niños "no gozan de Dios
pero tampoco sufren", en palabras del catecismo de san Pío X.
Y ayer se hizo oficial, con la presentación de conclusiones de
una Comisión Teólogica Internacional reunida en el Vaticano
durante las pasadas semanas.
Benedicto XVI ya había dicho en 1984, como prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, que el limbo era
solamente "una hipótesis teológica" utilizada para resolver un
dilema que siempre había inquietado a la Iglesia católica:
¿qué pasaba con los niños sin bautizar y con los millones de
personas que, nacidas antes de Jesús, habían muerto cuando aún
no había sido instituido el bautismo?
El limbo no era una verdad de fe. La "hipótesis teológica"
se había introducido en la tradición y había adquirido solidez
hasta llegar a las páginas del catecismo, pero su existencia
no era "oficial". Para dejarlo de lado no hizo falta, por
tanto, ninguna acción papal más allá de la recepción, en una
ceremonia litúrgica, de las conclusiones de una comisión de
teólogos. Fue un final discreto con una amplia zona oscura,
porque la comisión teológica tomó decisiones sobre los
neonatos no bautizados, pero no sobre la humanidad anterior a
Jesús. El destino de esas personas quedó en manos de futuras
comisiones y, eventualmente, de Dios.
Tras el cierre del limbo podría quedar comprometida la
viabilidad del purgatorio, otro concepto teológico sin raíces
en los evangelios. La idea de un lugar intermedio, muy
desagradable pero no eterno, se estableció gradualmente en la
Edad Media para suavizar la tajante escatología evangélica:
fin del mundo, resurrección de los muertos, juicio final,
cielo o infierno.
Incluso sobre el infierno se discute. La doctrina católica
establece que el infierno existe, pero Juan Pablo II ya hizo
saber que no se trata de "un lugar". La tesis hoy mayoritaria
entre los teólogos dice que el infierno no es un lugar de
llamas y suplicio eterno, sino un estado de ánimo: dolor por
el alejamiento definitivo de Dios. Algunos teólogos, como el
cardenal suizo Hans Urs von Balthazar, fallecido en 1998,
consideran que la misericordia divina podría hacer que nadie
llegara a sufrir nunca la pena infernal.
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