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Se suele fijar la atención en el fracaso del llamado
impuesto religioso de 1987 para ponderar la tacañería
del católico español para con su iglesia, indiscutible si se
mira sólo a la asignación tributaria, pero relativa cuando se
refiere al Estado, es decir, al conjunto de los españoles,
sean religiosos o ateos, católicos o de otras religiones. Así,
a través de la administración central, autonómica y municipal,
el Estado aporta cada año en torno a 5.057 millones a la
Iglesia católica en sus varias manifestaciones, según las
cifras aportadas por distintos organismos estatales. Es un
dinero que sale de varios ministerios -Educación, Cultura,
Defensa, Sanidad, Trabajo, Asuntos Sociales- y de las
entidades autonómicas y locales equivalentes.
La cifra de 5.057 millones incluye el ahorro que supone el
paraíso fiscal en que se desarrolla la casi totalidad de sus
actividades, calculado por expertos de Hacienda en unos 750
millones de euros.
Es en el campo de la enseñanza y en la asistencia social y
de caridad donde las organizaciones católicas reciben más
dinero. Por ejemplo, en sueldos para unos 33.440 profesores de
catolicismo, de los que unos 15.000 imparten doctrina en
colegios públicos (517 millones de euros), o para pagar el
sistema de conciertos educativos (3.200 millones, según datos
oficiales). Con motivo de la manifestación de noviembre pasado
contra la ley Orgánica de Educación (LOE), apoyada por los
obispos con el argumento de que esa norma atentaba contra la
enseñanza religiosa, el Gobierno cifró en 3.000 millones esas
subvenciones [ver EL PAÍS del 12 de noviembre de 2005].
En los conciertos educativos se incluyen las subvenciones
por módulo y las nóminas de los docentes, además de una
partida para administración de los centros. La actividad
educativa de la Iglesia se resume en 2.376 centros concertados
(el 80% del total de privados subvencionados), 1.368.237
alumnos y 80.959 profesores.
Respecto a la actividad social y caritativa del
catolicismo, además de la diaconía Cáritas Española, sus 67
delegaciones diocesanas y otras 10 Cáritas autonómicas,
destacan ONG como Manos Unidas, o entidades como las
Hermanitas de los Ancianos Desamparados o las Hijas de la
Caridad de San Vicente de Paúl. Importante fuente de
financiación son también los centros hospitalarios concertados
(107); centros sociales como ambulatorios y dispensarios
(128); casas de ancianos o discapacitados (876); orfanatos
(937); guarderías (321); centros especiales de reeducación
(365) y "otros centros de caridad y sociales" (717).
Los obispos dicen, con mucha razón, que el Estado gastaría
mucho más si tuviera que atender por su cuenta a estas
obligaciones educativas o asistencias, aunque los conciertos
educativos les dan la posibilidad de difundir su ideario.
El Estado paga también la nómina de los capellanes
hospitalarios (510 a tiempo completo y 297 a tiempo parcial),
de los penitenciarios (130), más los sueldos de los capellanes
castrenses, a cuyo frente está un arzobispo con grado de
general de división. Capítulo aparte son las ayudas directas a
la Iglesia para el sostenimiento de su ingente patrimonio
artístico e inmobiliario: 280 museos, 103 catedrales o
colegiatas con cabildo y casi mil monasterios. Las
administraciones públicas gastaron el año pasado 200 millones
de euros para obras de conservación o reforma.
Varias organizaciones son propietarias, además, de siete
universidades (Deusto, de los jesuitas; Navarra, del Opus; CEU
, de la Asociación de Propagandistas; pontificias de Comillas
y Salamanca; diocesanas de Murcia y Ávila), y de 15 Facultades
eclesiásticas, 41 centros teológicos, 11 colegios
universitarios, 55 escuelas universitarias y 72 institutos
superiores.
Este poder social y económico, medido en fieles, curas y
monjas, obispos y otras jerarquías; en dinero, o en patrimonio
inmobiliario; y en servicios educativos, sanitarios y de
caridad, es incontable porque se nutre de complicados
mecanismos de ingresos privados y de financiaciones públicas.
Los obispos sostienen que la asignación tributaria que reciben
del Estado cada año no alcanza el 9% del presupuesto de su
iglesia. Aluden sólo a la financiación directa fijada en los
Presupuestos Generales del Estado -150 millones de euros el
próximo año-, e ingresada por el Ministerio de Hacienda en una
cuenta de la Conferencia Episcopal para salarios de prelados y
clero. Hasta ahora, Hacienda recauda una parte de la
asignación tributaria a través del IRPF de los declarantes
católicos, y el resto lo entrega como dotación extraordinaria
graciosa. Este sistema data de 1988 y era transitorio,
mientras los obispos encontraban en tres años (antes de 1991)
mecanismos de autofinanciación. En cambio, el Gobierno
socialista acordó la semana pasada elevar a definitivo el
viejo sistema de asignación tributaria, no sin antes
incrementar por encima del 34% el porcentaje de dicha
asignación (ahora, el 0,5239; en el futuro el 0,70% de la
cuota íntegra de cada IRPF asignado a esa iglesia).
A este sistema se le llama impropiamente impuesto
religioso. La realidad es que el católico no añade ni un
euro de su bolsillo en el IRPF. Es Hacienda quien lo resta de
los ingresos públicos totales, a petición de un creyente que,
con ese mecanismo, aporta el 99,3% de su cuota fiscal, no el
100% como el resto de los españoles. Estos dineros apenas
suponen el chocolate del loro de todo lo que el Estado aporta
a esta poderosísima potencia religiosa, que lo es también
económica, educativa e, incluso, inmobiliaria, por delante,
con creces, de cualquier otra organización, si exceptuamos al
Estado.además un ingente patrimonio inmobiliario.
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